Club de Pensadores Universales

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lunes, 21 de marzo de 2011

El Lirio de los Valles de Honoré de Balzac

    Honoré de Balzac nació en Tours, el 20 de mayo de 1799 y murió a la edad de 51 años, en París, el 18 de agosto de 1850. Balzac es también conocido en textos latinoamericanos como Honorato de Balzac. Fué el novelista francés más importante de la primera mitad del siglo XIX, y el principal representante, junto con Flaubert, de la llamada novela realista.
      Trabajador infatigable, elaboró una obra monumental, la Comedia Humana; ciclo coherente de varias decenas de novelas cuyo objetivo es describir de modo casi exhaustívo a la sociedad francesa de su tiempo; según su famosa frase, hacerle "la competencia al registro civil".(Wikipedia)
    Le Lys dans la Vallée de Balzac,(En español: El Lirio de los Valles), es una novela de 1835 sobre el amor y la sociedad. La novela narra el afecto — emocionalmente vibrante, pero nunca consumado — entre Felix de Vandenesse y Enriqueta de Mortsauf. La novela El Lirio de los Valles es parte de una serie de novelas (o Roman-fleuve) conocidas como La Comédie Humaine (La Comedia Humana), la cual paródia y describe a la sociedad francesa en el periodo de la Restauración y la Monarquía de Julio (1815–1848). En su novela, Balzac también menciona el castillo de  Champcenetz, el cual puede aún ser visitado hoy.
     Balzac creó al personaje de Enriqueta de Mortsauf basado en su amiga cercana Laure Antoinette de Berny (née Hinner), una mujer 22 años mayor que él que impulsó la carrera literaria de Balzac en sus primeros años. Madame de Berny murió poco después de haber completado la lectura de la novela — en donde también Enriqueta muere. (Wikipedia)
    La infancia de Honoré de Balzac fue difícil, y estuvo caracterizada por el desapégo emocional que mostraron su padres, sobre todo su madre, hacia él; esto marcaría profundamente a Honoré, quien siempre buscaría relacionarse con mujeres mayores que él, capaces de ofrecerle el amor que su madre le negára en su infancia. Nada más al nacer fué confiado a una nodriza, con la que viviría hasta la edad de cuatro años fuera del hogar paterno; sólo se le permitía visitar a sus padres, como si se tratara de un extraño, dos domingos de cada mes.
     Cuando pasó a residir en casa de sus padres, éstos le trataron con gran frialdad, manteniendo una gélida distancia hacia su hijo, a quien no se le permitía ninguna diversión infantil. A la edad de ocho años, su madre insistió en enviarlo a un internado en la localidad de Vendôme, donde pasaría los siete siguientes años.
    Las condiciones del internado eran duras: no había vacaciones escolares, por lo que apenas vio a sus padres en todo ese tiempo; su madre, esperando despertar en él un afán ahorrativo y trabajador, apenas le mandaba dinero, por lo que Balzac era ridiculizado por sus compañeros; el sistema de estudio del internado, basado en la continua memorización de textos, no se adecuaba a Honoré, quien sería uno de los peores estudiantes de su clase; su actitud desganada le valieron frecuentes castigos, tanto corporales como en celdas de detención... Sus experiencias en la escuela las plasmaría en la semi-autobiográfica novela Louis Lambert (1832) (Wikipedia)
     Balzac sufrió de problemas de salud durante toda su vida, posiblemente debido a su intenso horario de escritura. Su relación con su familia fue manchada a menudo por el drama personal y financiero, y perdió más de un amigo debido a sus críticas literarias. En 1850, se casó con Ewelina Hańska, una noble polaca, quien fué su amor desde hace mucho tiempo. Balzac murió cinco meses después.
     Debido a su aguda observación del detalle y su objetiva representación de la sociedad, Balzac es considerado como uno de los fundadores del realismo en la literatura europea. Él es conocido por sus personajes multifacéticos, complejos, ambiguos moralmente y plenamente humanos. Su obra influyó a muchos autores famosos, como los novelistas Marcel Proust, Émile Zola, Charles Dickens, Edgar Allan Poe, Fiódor Dostoievski, Gustave Flaubert, Marie Corelli, Henry James, William Faulkner, Jack Kerouac, e Italo Calvino, así como los filósofos importantes, como Friedrich Engels. Muchas de las obras de Balzac se han inspirado películas, y son una fuente contínua de inspiración para escritores, cineastas y críticos por igual.
     Turena (Touraine en francés) es una antigua provincia de Francia, cuya capital es Tours. Atravesada por el Loira y sus afluentes Cher, Indre y Vienne, Turena forma parte de la cuenca parisina. Sus vinos son muy apreciados. El tren de alta velocidad que comunica Tours con París en menos de una hora, ha convertido a esta ciudad en un lugar de residencia para muchas de las personas que trabajan en París y que buscan otra calidad de vida. (Wikipedia)
El Lirio de los Valles
De Honorato de Balzac
      Era el año de 1835. En la Universidad de París se acababa de suicidar un joven graduado. El catedrático Félix de Vandenesse se encontraba ahí, preparando el discúrso de graduación cuando supo la terrible noticia. El joven se había suicidado porque su padre, un hombre estricto, no había asistido a la ceremonia de graduación. Félix sintió un gran pesar, pues recordó que él llegó a sentir los mismos deseos; solo que a él, recuerda, le faltó el valor para hacerlo.
     Al caminar por un callejón de París, Félix comenzó a recordar su vida: la tristeza de su niñéz con padres faltos de cariño. Al morir sus padres, Félix tuvo que cuidar a una tía en el orfanatorio. Después que la tía murió, se dió a la bohemia con amigos en tabernas, y ahí, tuvo la oportunidad de hacer amistad con Chessel, un conde. Chessel invitó a Félix a una reunión que celebraba el regréso de los Borbones al poder, después de la caída de Napoleón.
     La velada sería en el Castillo de Azay. Ahí Félix tuvo la oportunidad de bailar con algunas damas y escuchar conversaciones de galanes que presumían castillos y fortunas. Aburrido y triste, Félix buscó la terraza para admirar nuevamente aquel cielo estrellado, que le recordaba la paz que a veces perdía. En ese precíso instante, Félix inquiéto observó a una dama, melancólica y solitaria como él, observando las estrellas, y sin poder evitarlo se acercó y besó su hombro. La dama se asustó y desconcertada se retiró. Félix arrepentido, comprendió que había cometido un error, y regresó a la fiesta, pero no la encontró. Cuando su amigo Chessel  lo encontró aburrido, Félix le platicó el incidente. Chessel le dijo que fuera a descansar y que mañana le investigaría quien era esa dama. 
     Al día siguiente, Félix y Chessel, salieron a dar un paseo a caballo. Escalaron montañas y después de mucho caminar Félix le dijo a su amigo: “¿Descubriste quien era la dama?” Su amigo Chessel le contestó señalando hacia una gran mansión campestre: “¡Mira! ¡Ahí vive!”
     Era el Castillo de Mortsauf. Los mayordomos los anunciaron y Chessel presentó a la condesa a Félix, quien besó su mano con gran educación y respéto. Ella alagada los invitó a pasar y tomar el té, cuando escucharon los gritos de un niño que pedía auxilio. Era el pequeño Sebastian, hijo de la condesa. Sebastian estaba a punto de caer a un barranco. Rápidamente, Félix acudió al llamado y lo rescató. La condesa, encantada y agradecída, le pidió a Félix que volviera mañana para mostrarle el Castillo y las posesiones . Además, también le pidió que ya no le llamara condesa, sino Enriqueta. 
     De regréso, Chessel le comentó a Félix que Enriqueta tenía un esposo arruinado y enfermizo, que le había dado dos hijos y que la martirizaba. Félix, en la soledad, mirando hacia el Castillo, comprendió que le amaba. Ella era el Lirio de los Valles que tanto le recordaba a las estrellas.
     Al día siguiente, Félix acudió solo al Castillo de Mortsauf. La condesa le presentó a sus hijos, tomaron juntos el té, y dieron un paseo por el campo. Enriqueta al no comentar nada sobre el incidente del béso en el hombro en la fiesta, hacía creer a Félix que ella lo quería, pues las palabras de Enriqueta eran dulces. Pasaron dos días y Félix sentía en cada visita, que estaba en el paraíso. Un día, mientras los dos remaban en bote, Félix lleno de valor de dijo: “Discúlpeme por lo del beso: la humillé.” Ella le contestó: “No me humilló, solo sintió algo irresistible-Enriqueta continuó-Si usted hubiera sido otro, lo habría acusado. Soy casada y fiel a mi esposo, y debió ser humillante, pero apenas vi su rostro y su juventud, preferí olvidarlo.” Félix le contestó: “Pero es que yo no lo olvído,” y ella le dijo: “Lo sé y no lo cúlpo. Usted me gusta también. Seremos como hermanos. ¿Me lo promete? Será nuestro secreto.”
     Cuando llegaron al pequeño muelle del lago, llegó el esposo de Enriqueta muy contento, y le dijo a Félix: “Usted es Félix Vandenesse. Mi esposa me habló de usted por carta. Le agradesco lo que hizo por nuestro hijo.” Enseguida regañó a su esposa por haber dejado solo al niño y le pidió que se retirára.
     Cuando estubieron solos, el conde lo invitó a jugar “Chaquete,” y Félix se dejaba perder para agradar al conde. Félix pensaba: “Enriqueta, te humillaron frente a mi, pero tráto bien a este bruto y me lo agradeces. Lo se por tu mirada.” Cuando Félix se despidió, el conde le dijo: “No olvide mi oferta. Sea nuestro huesped y tendra mis lecciones sobre el campo. También su amistad con mi esposa y con mis hijos es bienvenida. ¿Me entiende?”
    Félix cabalgó despacio, dando un largo rodeo. Su mente estaba confusa por los acontecimientos de los últimos días. Félix pensaba: “¿Qué derecho tengo en inmiscuirme en sus problemas? Son personas amables y me atrevo a molestar a Enriqueta en una fiesta. ¡Maldición! ¡Esto no puede seguir así!”
     Chessel  recibió a Félix en su mansión con alegría, pero Félix le dijo que regresaría a París. Chessel le dijo que nadie lo corría, pero Félix insistió y le dijo que quería continuar sus estudios y necesitaba organizar su vida. Brindaron al día siguiente y Félix le dijo a Chessel que le dijera a los Mortsauf lo disculpáran por no haberse despedido. Cuando Chessel lo vió partir pensó: “¡Volverás! ¡Lo sé! Enriqueta te ha sorbido el seso…más que a mí y a otros varios. ¡Volverás Félix! ¡Nunca sera tuya ni de nadie! Solo de ese patán de Mortsauf. Lo aprendí pronto, pero para tí sera doloroso y acaso decisívo, amigo. Estoy seguro.”
     Pasaron dos años y Félix perfeccionó sus conocimientos de abogado. Tenía un pequeño despacho de notaría y empezaba a ser visitado por clientes ricos con problemas legales. Pero a menudo, olvidando sus ocupaciones, recorría las silenciosas calles de París, recordando Turena, donde estaba Chessel y su amada Enriqueta. Cuando Félix levantaba su vista hacia el firmamento estrellado, pensaba: “Cada estrella es como un Lirio del Valle.”
     Mientras esos pensamientos cruzaban por su mente, había revueltas entre los bonapartistas y los realistas. A menudo, los primeros emboscaban diligencias. Así, Félix se encontró en ese momento con una diligencia emboscada. Félix pensó que debería hacer algo y un impúlso suicída lo hizo arrojarse hacia los caballos. Félix pudo detener la diligencia y rescatar al secretario del rey, pero no sin antes  recibir un balazo en el hombro. Ya en el hospital, recibió la visita del rey quien era duque y agradecido le dijo que se considerára su amigo, y le llevó libros sobre política e historia de Francia.
     Félix seguía leyendo sus libros, mientras su herida sanaba. Solo su hermano lo visitaba. Pero Félix pensaba: “El Lirio de los Valles. Enriqueta: no puedo apartarte de mi mente.”  Sin poder contenerse más, Félix le escribió una carta a los Mortsauf.
     Tras su recuperación, con el tiempo Félix fué llevado a una granja cerca de los realistas gozando de la protección que el duque le había prometido. Un día, inesperadamente, Félix recibió la visita de una pareja de ancianos, a quienes Félix no conocía, pero ellos se presentaron  como los Duques de Lenoncourt. La señora anciana le dijo a Félix que ellos eran los padres de Enriqueta, y que ella, al recibir su carta, les pidió lo buscaran a él, para decirle que su esposo estaba enfermo. La pareja de ancianos continuaron explicandole a Félix que Enriqueta les dijo le pidieran ayuda a él, pues ella confiaba en él, y le pedía a Félix fuera a visitarlos.
     Félix les explicó que le era difícil moverse de ahí, porque estaba escondido, pero ellos le dijeron que ya habían pensado una solución para que Félix pudiera visitar a Enriqueta. El rey tenía que mandar un mensaje secreto a sus aliados en Tours. El rey necesitaba un hombre audáz, y la señora quien sabía de Félix, le sugirió al rey que mandára a Félix mismo, para que pudiera aprovechar el viaje para ver a su hija.  
     Así, Félix partió asesorado con la ayuda e instrucciones del secretario en una diligencia secreta, la cual tuvo que pernoctar en una posada, donde sorprendidos por bonapartistas tuvieron que huír en una escaramúza.  Finalmente, Félix completó su misión y llegó con Chessel quien le dijo que el conde Mourtsauf estaba muriendo, pero que no se confiára porque, “hierva mala nunca muere.” Apenas arrivó y vió a Enriqueta, Félix sintió que el corazón le latía. Félix besó su mano y le dijo: “Enriqueta: He soñado este momento,” ella le dijo: “Yo también Félix, pero no hablemos de ello, hay problemas más graves.” Ella lo acompañó a la recámara de su esposo, y cuando el conde Mourtsauf los vió, les dijo: “¡Esperen! ¡No se muevan! Se ven bien, como una pareja de seres felices y normales.” Ella le dijo: “Esposo: No hables. Te complaces en un martirio.” El conde le contestó a Enriqueta: “¡Bah! Me moriré y estarás libre, querida. El visconde no te dejará sola, ¿verdad amigo?” Félix le contestó: “Ayudaré a ambos. Conde: Usted debe curarse. ¡Piense en sus hijos!” Sin embargo, el conde le contestó: “¿Hijos? ¿Seran mios?Uno nunca sabe.”  En ese instante, al conde le dió otro ataque de delirio. Enriqueta le dijo a Félix: “Al menos ha hablado con usted, pues a mí no ha querido dirigirme la palabra.”

     Algunas horas después, el conde se recuperaba, y Félix quien lo cuidaba, al verlo le preguntó: “¿Cómo se siente?” El conde le contestó: “Mal. Solo, triste, Viejo y fracasado. Con ganas de morir, amigo mío. ¡Pobre Enriqueta! La maltráto pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Ella es joven y yo viejo. Hacemos una mala pareja y vivo en el temor perpétuo de perderla para siempre. Visconde: Usted y ella se aprecian. Lo sé. Desearía a alguien como usted para que ella sonría, y a la vez le temo a usted. Tengo celos y me dan ganas de matarla. Ayudeme y la trataré bién  Se lo prométo. Debo estar bién por mis hijos. Últimamente pienso poco en ellos.” Félix le dijo: “Ahora duerma. Me gusta que hable así. Se  recuperará.” El conde solo le dijo: “Si. Su voz de aliento me estimúla. Dormiré en paz.”
     A la mañana siguiente, el doctor informó de su milagrosa recuperación, y le asignó una dieta. El conde solo le dijo: “Este Viejo no se rinde, ¿verdad?”
     Ya en la terraza, bajo la luz de la luna, Enriqueta le dijo a Félix cuán agradecida estaba y que ahora tenía dos deudas con él. Félix aprovechó para decirle cuanto la seguía amando, pero ella le dijo que aunque ella también lo quería, le pidió que vivieran un amor de hermanos y de confidentes. También Enriqueta le dijo a Félix que la recaída de su esposo obedecía a su orgullo de hombría, pues ella había salido adelante con los negocios de la familia mientras él estaba enfermo, y eso era lo que le dolía más al conde.
     Enriqueta le dijo a Félix que nunca olvidará aquel beso furtivo en la reunión social y le preguntó si podría seguir confiando en su ayuda. Félix le contestó triste: “Sí. Solo que debo renunciar a su amor.” Ella le constestó: “Áme a otra. Ahora que es un hombre célèbre, no le faltará compañía. No tengo derecho a privarlo de ello.” Félix le contestó: “Sufriré Enriqueta. Usted lo sabe.” Ella le dijo: “También yo sufriré si eso lo consuela…mire ¡Un bello paisaje! ¿No cree?” Él solo le dijo: “Lo entiendo. No hablemos más de temas tristes.”
     Con el tiempo los chicos crecieron y Félix fué con ellos el amigo que esperaban. Sin embargo, Félix notaba algo extraño en la pequeña Natalia. Notaba que era amable pero insondeable, y se preguntaba si habría escuchado alguna de sus charlas con Enriqueta. Félix nunca aclaró para sí ese misterio.
     Enseguida los niños llegaron alegres de pescar y su madre les tenía una sorpresa, la cual era su padre, el cual ya se había recuperado. Enriqueta les dijo a los niños : “¿Lo ven? Es papá quien vuelve al combate.” El conde Mourtsauf dijo: “Gracias mujer. Lo has dicho muy bien. Me alegra ver a nuestro amigo: el visconde de Vandenesse.” Félix le dijo: “Llevo aquí días, y usted lo sabe, señor.” El conde le contestó: “¡Era una inocente broma! ¿Recuerda lo que le prometí? En dos días iremos al campo y trabajaremos juntos.” Pero a Félix, una vez más, aquella unión familiar lo espantó, y le dijo: “Si…en dos días regresaré.”
     Tiempo después, ya con su amigo Chessel, Félix y él platicaron de la situación. A los dos días, Félix regresó al Castillo de los Mortsauf a incorporarse y distraer su mente en las actividades del campo. Félix se sentía útil pensado que por primera vez, un trabajo significaba tanto en su vida. Cuando a lo lejos Enriqueta lo observaba,  Félix se sentía recompensado. El conde y Félix habían reconducido un canal de agua, del cual los vecinos también se beneficiarían.
      El conde agradecído organizó un banquete con nobles de la comarca, para homenajear al improvisado ingeniero: Félix. Sin embargo, al final de la fiesta, Félix bebió demasiado, y Enriqueta comprendió que ella era la causa principal. Enriqueta lo jaló a la terraza y le dijo: “Oh Sufre y me siento un poco culpable. Venga Félix. Debo decirle algo.” Félix le dijo: “¿a-al-go? S-s-si, claro…me dirá algo.” Enriqueta le dijo: “¿Recuerda aquella noche? Yo estaba embelezaba con las estrellas cuando usted besó mi hombro…y a mi me gustó.” Félix le dijo: “¡Yo la ví como el Lirio de los Valles…y ahora…!” Ella le dijo: “No, no, no me háble de amor, ¿Para qué? Es joven. Tiene derecho a la vida. ¡Vuelva a París y áme! ¡Yo tengo mi familia!” Félix le dijo: “Si Enriqueta. Es lo mejor…” Félix, sintiendo que era el final, escuchó a Enriqueta: “Adiós querido. Recuérdeme. Siempre habrá un lugar en mi corazón para usted solo.” Al día siguiente, el visconde Félix se fué. Al mirar Félix a lo lejos, solo exclamó: “¡Los Mortsauf! ¡Mi vida entera!”
     Pasaron los años y el visconde Félix de Vandenesse se mostró como un elemento importante del régimen conservador  del rey Luis XVIII. Estubo con el monarca cuando éste tomó la corona y el cetro en ceremonia triunfal para los Borbones. En el gran baile de celebración, las señoritas miraban a Félix con ojos deslumbrados. Hombre de acción y estudioso, progresó ampliamente en sus conocimientos, y llegó a dictar cátedra en ambientes politicos y universitarios.
     Un día, Félix se topó con una linda y pícara chica inglesa. Cuando Félix la cortejaba, pensaba: “¿Qué diría Enriqueta? Oh, ya lo dijo: ¡Áme! Y con ésta inglesita, todo es fácil y dulce.” A partir de entonces Félix  y ella formaron una pareja agradable a quienes solía vérseles por lugares públicos de la ciudad. Un día, cansados de pasear, se sentaron en una barca y se fundieron en un largo beso, que de parte de Félix expresaba desesperación y angústia.
     Meses después, mientras paseaban junto al río Sena, ella le dijo: “Otra vez piensas en ella ¿Eh Félix? Otra vez las estrellas, el Lirio de los Valles.” Félix le dijo: “Si querida. No he podido evitarlo.” Ella le constestó: “No hay rencores, amigo. Separémonos mañana mismo. Si tú me contaste lo tuyo, lo mío aún no lo sabes…” Él le dijo: “Tampoco me lo cuentes. Respéto tu intimidad.” Ambos se alejaron del río haciendo un acuerdo. Ella le dijo: “Llámame al hotel. Mañana te esperaré allí mismo.”
     Al día siguiente, Félix acudió puntual a la cita. Ella estaba acompañada de un hombre y un niño. Al acercarse Félix, ella le dijo: “¡Hola Félix! Te presentó a Mc Gowan, el industrial inglés de los tapices. Mi esposo y Jack, mi hijo.” Estrecharon sus manos y el inglés le dijo: “Arabella, mi gatita, vivió sola dos años,  tal como convinimos. Sé que usted la protegió. ¡Se lo agradesco!” Ella le dijo: “En esa pausa de nuestro matrimonio, sentí cuanto amaba a mi esposo, Félix, ¿Lo comprendes?” Félix desconcertado solo dijo: “Si..yo…yo” y el señor Mc Gowan dijo: “No tráte de explicarse. Lo comprendo. Adiós vizconde. Volveremos a Londres. Ahí nos espera un hogar.”
     Meses más tarde, mientras Félix trabajaba en su escritorio, su ayudante lo interrumpió: “Discúlpe la interrupción alteza. Una dama lo busca.” Era la madre de Enriqueta. Félix le recibió desconcertado: “Duquesa de Lenoncourt, ¿Qué la trae por aquí?” Ella le dijo: “Lo peor Vizconde. Mi Enriqueta acaba de morir.” Félix le dijo: “¿Cómo pudo ser? No es posible.” Ella le dijo: “Si. Su esposo la maltrataba. Falló su corazón…apenas duró un día y…acabó como un pajarito. Ohhh” Ella continuó: “Alcanzó a escribirle una carta. Dice que lo amó. Que nunca la olvíde vizconde. Viajaré a su funeral.” Félix la abrazó y le dijo: “La acompañaré duquesa. Gracias por haber venido.”
     Juntos, callados y adoloridos, viajaron nuevamente a Turena, región que ahora les pareció triste y sombría. Durante las exequías, ni el conde de Mortsauf ni sus hijos trataron bién a los recién llegados. Cuando Félix miró a la ya crecída Natalia, le asaltó una interrogante: “Esa chica: ¿Me aprecia o me odia? Sé que ha tomado el partido del padre, pero ¿Qué otra alternativa le quedaría? Aquel rostro adolescente, tan parecido al de su desdichada madre ¿heredaría incluso las desdichas?” Félix suspiró hondo y puso una lápida también, sobre esa parte esencial de su vida. Cuando Félix dejó el cementerio con la duquesa y su amigo Chessel, fué como si hubiera envejecido del golpe.
Todo aquello pensó el vizconde Félix, tras salir de una universidad golpeada por el suicidio de un alumno. Entonces Félix pensó: “Ese muchacho hizo…¡lo que yo debí haber hecho a su edad! ¡Si! ¡Ese fué mi error! Pero estoy a tiempo de repararlo.” Félix estaba en una zona de gente de malvivir, y en un callejón infécto, Félix solo gritó: “¡Malditos piojosos! ¡Los repúdio! ¡Vengo a probar que son una bola de cobardes!” La chusma solo dijo: “Está loco ese señorito de la crema. Pero loco o cuerdo, nos ha insultado y lo pagará.” Félix rodeado y a punto de morir, aún sonrió y dijo: “¡Ja! ¿Qué esperan? ¿Acaso tienen miedo?”
     Así, afrontando cara a cara a la muerte, Félix de Vandenesse dijo algo extráño riendo largamente: “¡Enriqueta esperame! ¡Ahí voy! ¡Ja ja ja ja!”