Club de Pensadores Universales

No necesito donaciones. Este Blog se produce de manera gratuita, y se realiza sin fines de lucro.Gracias.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Los Ojos Negros de Pedro A. de Alarcón

     Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza nació en Guadix, Granada, el 10 de marzo de 1833, y murió en Madrid, el 19 de julio de 1891, a la edad de 58 años. Alarcón fue un narrador español que perteneció al movimiento realista, en el que destacó como uno de los artífices del fin de la prosa romántica.

Biografia

     Pedro Antonio de Alarcón tuvo una intensa vida ideológica; como sus personajes, evolucionó con las ideas liberales y revolucionarias a posiciones más tradicionalistas. Aunque su familia provenía de hidalgos, era más bien humilde, aunque no tanto como para no poder permitirse enviarlo a estudiar Derecho en la Universidad de Granada, carrera que abandonó pronto para iniciarse en la eclesiástica. Aquello tampoco le satisfizo y abandonó en 1853, para marchar a Cádiz, donde funda, El Eco de Occidente, junto a Torcuato Tárrago y Mateos, iniciando su carrera periodística en la dirección de éste periódico.

    Alarcón escribía desde su adolescencia, citándose a don Isidro Cepero como el instigador principal de su inquietud literaria. Su primera obra narrativa, El Final de Norma, fue compuesta a los dieciocho años y publicada en 1855. Sus inquietudes le llevaron a integrarse al grupo, que se llamó, la Cuerda Granadina.

     Se trasladó a Madrid, en 1854, molesto con el entorno reaccionario de Granada. Allí crea un periódico satírico, El Látigo, que también dirige, de cierto éxito, con ideología antimonárquica, republicana y revolucionaria. El periódico era un claro heredero de su experiencia en, El Eco de Occidente.

     En 1857, escribe, El Hijo Pródigo, drama de gran éxito. También en 1857, empieza a publicar relatos y artículos de viajes en la publicación madrileña, El Museo Universal. Más tarde, interviene como soldado y periodista en la guerra de África, recogiendo todo lo que acontecía en la campaña y en su vida allí, y que luego mandaba a su editor en una serie de artículos, que se recogieron bajo el título de Diario de un Testigo de la Guerra de África, en 1859. Este libro es especialmente apreciado por su viva y prolija descripción de la vida militar.

     Más adelante cultivó la literatura de viajes, contando, en diversos artículos, sus viajes por Italia (recogidos en, De Madrid a Nápoles, 1861) y por su Provincia de Granada natal (La Alpujarra, 1873), en los que el realismo de las descripciones contrasta con la ilusión de una prosa que narra lo cercano y desconocido. Estos artículos rebasan el interés meramente periodístico, constituyendo un ejemplo para toda la literatura de viajes posterior.

     En 1860 se casó con Paulina Contreras Rodríguez en Granada, de cuyo matrimonio nacieron cinco hijos, dos varones y tres mujeres. Los varones fallecieron en Madrid en los años de la contienda civil, al igual que dos de las hijas, casándose la única que sobrevivió, Carmen de Alarcón Contreras, con Miguel Valentín Gamazo, de cuyo matrimonio tuvieron tres hijos: María del Carmen, María del Pilar y Miguel Valentín de Alarcón, que falleció en Madrid el 4 de mayo de 2000, siendo el último descendiente directo de Pedro Antonio de Alarcón, pues murió soltero y sin que se sepa que tuviera descendencia.

     Como integrante de la Unión Liberal, ostentó diversos cargos, de los cuales el más importante fue el de consejero de estado con Alfonso XII, en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y Suecia. Además fue académico de la Real Academia de la Lengua desde 1877.

    Hacia 1887, convencido de que en el camino del realismo lo había dado todo, se condenó al silencio. Tal vez influyeron las críticas de sus antiguos correligionarios liberales. Por ejemplo, Manuel del Palacio escribió sobre él lo siguiente:

Literato, vale mucho;

folletinista, algo menos;

político, casi nada;

y autor dramático, cero.


Trayectoria Literaria

     Su primera obra narrativa fue, El Final de Norma, que no vio publicada hasta 1855. Comenzó a escribir relatos breves de rasgos románticos muy acusados, hacia 1852. Algunos de estos relatos breves, entroncados con el costumbrismo granadino, revelan el influjo de Fernán Caballero, pero otros demuestran la impronta de una atenta lectura de Edgar Allan Poe, de quien introdujo el relato policial con su novela, El Clavo. Sin embargo, Alarcón también compuso relatos de terror a semejanza de su modelo. Desde 1860 hasta 1874, agregó a los relatos la redacción de libros de viajes. Estos últimos son, Diario de un Testigo de la Guerra de África (1859), De Madrid a Nápoles (1861) y La Alpujarra (1873), que suponen ya un acercamiento al realismo. En 1874, publicó El Sombrero de Tres Picos, desenfadada visión del tema tradicional del molinero de Arcos y su bella esposa perseguida por el corregidor. Recogió sus artículos costumbristas en Cosas que Fueron (1871) y sus poemas juveniles en, Poesías. También intentó el teatro con su drama, El Hijo Pródigo, estrenado en 1875.
     En el Diario de un Testigo de la Guerra de África revela su talento descriptivo, presente también en los apuntes del viaje por Francia, Suiza e Italia y en, La Alpujarra, donde logra insertar la viva realidad en la historia casi legendaria de las sublevaciones moriscas, aproximándose a la novela. Entre 1874 y 1882, aparecieron sus obras más conocidas y famosas: los cuentos y las novelas cortas y extensas. Los relatos breves abarcan las Narraciones Inverosímiles, bajo el ya mencionado influjo de Poe; los Cuentos Amatorios, que se sitúan entre la sensiblería y el misterio policíaco, destacando El Clavo y La Comendadora; y las Historietas Nacionales, de honda raigambre popular y que entroncan con obras similares de Fernán Caballero y Honoré de Balzac, y van desde el tema heroico de la resistencia a los invasores franceses, hasta el populismo épico de los bandoleros, pasando por las frecuentes algaradas civiles que al autor le tocó vivir. Destacan, El Carbonero Alcalde, El Afrancesado, El Asistente y, la que algunos consideran la mejor de todas, El Libro Talonario.
     En 1875 aparece, El Escándalo, que une el tema religioso a la crítica social. Ofrece una galería romántica de personajes, desde el soñador y enigmático Lázaro, hasta el voluble Diego. De entre todos, descuellan el P. Manrique, jesuita consejero de la aristocracia, y el alocado y simpático Fabián Conde. El protagonista de la novela, víctima de sus calaveradas de joven, aprende a asumir su pasado bochornoso, lo que es mejor que pretender ocultarlo con mentiras burguesas. Prosiguiendo esa vena moralista, el autor siguió la trayectoria iniciada con dos obras más, El Niño de la Bola (1878) y La Pródiga (1880), un alegato contra la corrupción de las costumbres. Poco después publicó El Capitán Veneno (1881).

      Pedro Antonio de Alarcón es ante todo un habilísimo narrador: sabe como nadie interesar con una historia. En sus libros la acción nunca decae y, aunque el cronotopo, o marco espaciotemporal de sus novelas, suele ser de estilo realista, sus personajes son en el fondo románticos. En el curso de su producción novelística, se va convirtiendo en un moralista. Por esta misma razón, Daniel Henri Pageaux considera que, “El Sombrero de Tres Picos no es sólo una excepción, sino un milagro (...). Alarcón quiere sumergir a su lector en un doble exotismo, un Antiguo Régimen que remite a Goya, o a Ramón de la Cruz, y una Granada sonriente, buena, espiritual sin ser vulgar, alegre sin ser sensual. Y finalmente la ironía del cuentista hace al lector cómplice de una situación deleitable: la derrota del funcionario real, del poder central. ¿Qué más pedir?”

Obra

Novelas

·         El Final de Norma (1855)

·         El Sombrero de Tres Picos (1874)

·         El Escándalo (1875)

·         El Niño de la Bola (1880)

·         El Capitán Veneno (1881)

·         La Pródiga (1882).

Cuentos Reunidos

·         Cuentos Amatorios (1881)

·         "Sinfonía", "La Comendadora", "El Coro de ángeles", "Novela Natural", "El Clavo", "La Ultima Calaverada", "La Belleza Ideal", "El Abrazo de Vergara", "Sin un Cuarto", "¿Por Qué era Rubia?", "Tic... tac...".

·         Historietas Nacionales (1881)

·         "El carbonero alcalde", "El Afrancesado", "¡Viva el Papa!", "El Extranjero", "El Angel de la Guarda", "La Buenaventura", "La Corneta de Llaves", "El Asistente", "Buena Pesca", "Las DosGlorias", "Dos Retratos", "El Rey se Divierte", "Fin de Una Novela", "El libro talonario", "Una Conversación en la Alhambra", "El Año Campesino", "Episodios de Nochebuena", "Mayo", "Descubrimiento y paso del Cabo de Buena Esperanza".

·         Narraciones Inverosímiles (1882)

·         "El Amigo de la Muerte", "La Mujer Alta", "Los Seis Velos", "Moros y Cristianos", "El Año en Spitzberg", "Soy, Tengo y Quiero", "Los Ojos Negros", "Lo Que se Oye Desde una Silla del Prado".
Teatro
·         El Hijo Pródigo (1857)
Poesía
·         Poesías Serias y Humorísticas (1870)
Libros de Viajes
·         De Madrid a Nápoles (1861)
·         La Alpujarra: sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia (1873)
·         Viajes por España (1883)
Recopilación de Articulos
·         Cosas que Fueron (1871)
Otras Obras
·         Historia de mis Libros
·         Juicios Literarios y Artísticos
·         Últimos Escritos.
Los Ojos Negros
de Pedro A. de Alarcón
     Era primavera de 1738, en Cristiana, al sur de Noruega, y un grupo de nobles de aquella comarca, cabalgaban por la campiña, disfrutando la cacería del jabalí. Magno de Kimi, al frente de sus anfitriones, dos caballeros españoles, quería ser el primero en lograr aquella pieza. Montado en su caballo, uno de sus anfitriones dijo, “¡Se fue por allá!” Dando un tirón a las riendas de su caballo, Magno casi lo obligó a pararse en los cuartos traseros para seguir a su presa. Magno pensó, “¡No se me escapará!” Uno de sus anfitriones dijo, andando también a caballo, “¡Veamos quien lo atrapa primero!”
   Otro dijo, “¡No dejaremos que se nos escape el ‘escandinavo!’” Magno dijo, portando su ballesta a todo galope, “¡Adelante!” Magno se internó en el bosque, y aguzando la mirada, trataba de descubrir el menor indicio que le indicára el escondite del jabalí. Magno pensó, “Tiene que andar por aquí. Estoy seguro, no puedo haberme equivocado. Yo vi claramente cuando…¡Epa!” El animal, sabiéndose acorralado, y siguiendo su instinto de conservación, logró esquivar al cazador, pero no con mucha ventaja.

     Furioso por aquella presente persecución, el jabalí se volvió para embestir a Magno, en un momento en que éste se encontraba distraído. El ímpetu del ataque asustó al caballo, y su jinete perdió el control cayendo. Magno dijo, “¡Maldita Bestia!¡Pero no escaparás!” El caballo se alejó a todo galope, mientras Magno quedaba en el suelo, a merced del enfurecido jabalí. Afortunadamente no había perdido su ballesta, y disparó en el momento de mayor peligro, seguro de dar en el blanco. Pero falló el tiro, y haciendo gala de su habilidad, se puso fuera del alcance del animal, momentáneamente. De pie, armado solamente con su espada, esperó la nueva embestida del jabalí, diciendo, “Esta bien amigo, ha llegado el momento de la verdad.”
     Hombre y bestia se enfrentaron en tremenda lucha por la supremacía. Sin embargo, Magno de Kimi era un ser de una fortaleza y una vitalidad increíbles, y poco a poco se fue imponiendo. El golpe fue mortal. El animal se tambaleo, ya sin fuerzas, en ese momento llegaron los otros cazadores españoles. Uno de ellos dijo, “¡MAGNO!” Un último tajo puso fin a la contienda, ante el asombro de los españoles que llegaban a “rescatarlo” Uno de los anfitriones españoles, bajó de su caballo y dijo, “Vimos a tu caballo y pensamos que necesitabas ayuda.” Magno dijo, “Pues ya ven, pude arreglármelas muy bien, y yo solo.” Otro de los cazadores anfitriones dijo, “¡Eres un hombre increíble, no pensé que pudieras hacerlo!” Otro dijo, “¡Se necesita la fuerza de un toro para hacer lo que hiciste!” El líder de los cazadores españoles dijo, “¡Felicidades! Esto merece un brindis.”

     Ese era Magno de Kimi, fiero, valiente, y no le temía a nada. Al regresar al palacio de Cristiana, las mujeres lo estaban esperando. Una de ellas dijo, “¡Ya llegaron y traen al jabalí muerto!” Fedora, la esposa de Magno dijo, “¡Tendremos un gran banquete!¡Vamos!” Mariana, su prima, dijo, “Querida prima, tu esposo es tan magnífico como su nombre. Magno de Kimi, el Jarl reinante de la isla de Loppen. Debes sentirte la mujer más dichosa teniendo un marido como él.” Mariana no comprendió aquel titubeo de su prima, pero tampoco le importaba. Su atención estaba pendiente del hombre al que admiraba. Entonces dijo a Fedora, “¡Ven, vamos a recibirlo!”
     En ese momento, los españoles contaban la hazaña. Uno de ellos decía, “¡Magno acabó él solo con el jabalí!” Otro dijo, “¡Se enfrentó a él de pie, y únicamente con su espada!” Las mujeres al escuchar aquello se sentían fascinadas. Una decía, “¡Es todo un hombre!” Y otra, “¡Y qué hermoso es!” Otra decía, “¡Qué fuerte!¡Qué viril!” Y otra, “¡Yo me sentiría dichosa si pudiera estrecharme entre sus brazos!” Mariana dijo, “¿Ya oíste? Todas las mujeres te envidiamos, Fedora. ¡Deberías sentirte orgullosa por ello!” Fedora no pudo concluir la frase que pugnaba por salir de sus labios, y dijo, “…yo…yo…lo estoy, pero…” Entonces Magno dijo, “Querida Fedora, quisiera hablar contigo un momento. ¿Nos disculpas Mariana?” Mariana dijo, “Naturalmente, Magno. A ti no se te puede negar nada.” Magno dijo, “Gracias, nos veremos más tarde.” Sin pronunciar palabra, la pareja se alejó rumbo a sus habitaciones. Tal parecía que Magno quería estar a solas con su esposa.
     Sin embargo, en el semblante de ella, se percibía el temor, un miedo que la hacía estar siempre tensa, cuando estaba su esposo cerca de ella. Entonces Magno le dijo, “¿Qué te pasa, querida? Actúas como si fuera a hacerte daño.” Ella dijo, “No…¡Qué ideas se te ocurren, Magno!” Con la rudeza propia de los hombres de su raza, la estrechó con una pasión violenta, posesiva, autoritaria. Y ella se desmadejó entre sus brazos. Magno dijo, “Te amo, Fedora. Eres la mujer dulce,  tierna, y exquisita que yo anhelaba a mi lado, como mi esposa y madre de mis hijos.” Magno la levantó en sus brazos, y dijo, “Tendremos una larga descendencia, y mis antepasados se sentirán orgullosos de mi. ¿Pero qué pasa, amada mía?¿Porqué no dices nada?” 
     Ella dijo, “Magno, yo…” Magno la recostó en su cama, y dijo, “¡Oh, sí, ya sé! Sientes el pudor natural que te da tu encantadora inocencia, que es lo que más ámo de ti desde que nos casamos hace ya tres años. Amada mía, volvamos a nuestra Isla de Loppen, donde nadie perturbe nuestro amor. Ya es tiempo de que tengamos a nuestro primer vástago.” Fedora se había casado con Magno por decreto real, pero todavía no podía acostumbrarse a su rudeza y temía enfadarlo a cada momento. Sin embargo, en aquella ocasión se atrevió a pedir. “Magno, te suplíco que me permitas quedarme un tiempo más en Cristiana.” Fedora se puso de pie y dijo, “Me hace falta la compañía de alguien como mi prima Mariana, después de pasar tanto tiempo en aquellas soledades de La Laponia. ¡Por favor, comprende mi necesidad y no te enojes conmigo, te lo suplico!” Magno se sentó en la cama, y dijo, “No pensé que te disgustaba vivir en las heladas regiones de Hammesfert.” 
     Fedora dijo, dándole la espalda, “¡No es eso! Soy feliz de estar allá contigo, pero…” Magno la tomó de los hombros y dijo, “Está bien. No digas más. No quiero ver esa tristeza reflejada en tus hermosos ojos. Te quedarás aquí hasta que empiece el próximo invierno. Para entonces, el tiempo en Loppen estará mejor que aquí. Pero será una larga ausencia. Déjame llevar el recuerdo de tu ser en mi, hasta que volvamos a estar juntos.”
     Era un atardecer primaveral cuando Magno de Kimi se dispuso a partir, no sin antes dejar instrucciones a su fiel sirviente, Estanislao, quien le dijo, “Pero señor, yo quisiera irme con usted, puede necesitarme…” Magno le dijo, “No, te quedarás aquí, y atenderás a tu señora, la Jarlesa de Loppen.” Magno subió a su caballo, y dijo, “Cuidarás de que nada le falte, y si algo necesita, me avisarás.” Estanislao dijo, “Está bien, señor. Lo que usted ordéne.” Magno se alejó hacia al puerto, donde había quedado anclado su barco, que lo llevaría más allá del círculo polar ártico, en donde se encontraría su reino, en el último punto habitable del Continente Europeo.
     El dialogo entre las mujeres continuaba. Mariana dijo a Fedora, “¿Cómo, Magno se fue? ¿Porqué no se quedó a la próxima celebración? ¡Se ha organizado un gran baile para ese día!” Fedora dijo, “Tenía que regresar a Loppen. El invierno ha pasado, y tiene que atender a sus deberes como monarca de la isla.” Mariana dijo, “¿Y tú?¿No tienes las mismas obligaciones que él, para con tus súbditos?” Fedora dijo, “Bueno, sí, pero quise quedarme un poco más aquí. Tú no sabes lo que es vivir en aquellas lejanas tierras sola.” Mariana dijo, “No te entiendo, Fedora, ¡Estarías con él!¡Eso quisiera yo!” Fedora dijo, “Si lo conocieras tal y como es, no hablarías así.” Mariana dijo, “No importa como sea. Él te ama, se le nota en la forma de mirar.” Fedora dijo, “Pero a mí no me gusta cómo me trata. Es tan rudo, tan violento…mejor cambiemos de tema, platícame sobre el próximo baile.”
      El ambiente festivo, y la algarabía de las otras mujeres, lograron que Fedora pronto se olvidára de Magno de Kimi y de su matrimonio. Uno de los caballeros de la corte se acercó a Fedora y un grupo de mujeres, y dijo, “¿Ya saben quién se presentará en el baile? Nada menos que Don Alfonso de Haro.” Mariana dijo, “¡Ese sí que es todo un acontecimiento!” Fedora dijo, “¿Quién es ese hombre?” Mariana dijo, “¿Realmente no lo conoces?¿No has oído hablar de él?” Otra de las mujeres dijo, “Ese es un verdadero sacrilegio, tratándose de un varón de su estima.” Otra de las mujeres dijo, “Tienen que comprender que Fedora vive como si estuviera recluida en un convento, y tiene poco contacto con la vida de los nobles en toda la cristiandad.” 
     Mariana dijo, “¡Entonces tienes qué conocerlo! Es un hombre de gran valor, diestro en el manejo de las armas, héroe de todas las batallas…Pero sobre todo, con aquellas que tienen que ver con el arte de conquistar una mujer.” Otra de las damas dijo, “Es cierto, todas soñamos con ser la elegida de su corazón. Pero hasta ahora ninguna ha logrado atraparlo definitivamente, y todas las que han pasado por sus brazos, solo han sido aventuras para el. Cuando lo veas, nos darás la razón. Es un hombre apuesto y viril. Sobresale de entre todos los demás.” Fedora dijo, “Debemos prepararnos para ese gran acontecimiento.”
     En la mente de Fedora, aquel hombre había ido tomando forma, y su natural curiosidad femenina la inclinaba a saber más de él. Mariana le dijo, “¿Qué te pasa mujer? Parece como si estuvieras en otro mundo.” Fedora dijo, “¿Eh?¿A mi…? Nada. Mariana, ¿Tú conoces a ese hombre?” Mariana dijo, “¿A quién?¿A don Alfonso de Haro? Sí, lo he visto varias veces.” Fedora dijo, “¿Y a ti qué te parece?¿Opinas como las demás?” Mariana dijo, “Bueno..pues…¿Porqué no esperas a verlo por ti misma? Así podrás tener tu propia opinión. Mañana en la noche será el baile.” Al quedar sola, Fedora no pudo dejar de pensar en Don Alfonso. Había oído decir tantas cosas de él, que se sentía intrigada.
     La noche del baile se arregló con esmero. Quería estar especialmente bella pero, ¿Para quién? Fedora pensaba, “Debo causar buena impresión.” Cuando bajó al gran salón, lucía esplendorosa, y en los ojos de todos notó el efecto que causaba, a pesar de que había otras mujeres hermosas. Entre las damas, todos los comentarios circulaban en torno del mismo tema. Una de las damas dijo “Todavía no ha llegado, pero no debe tardar, me aseguraron que vendría. ¡Me siento tan emocionada que creo que me voy a desmayar!” Otra de las damas dijo, “Si lo haces perderás la oportunidad de verlo, porque aquí llega.”
     En efecto, Don Alfonso de Haro, hizo su aparición en medio de un murmullo de comentarios y saludos de los presentes. Mariana dijo, “¡Aquí lo tienes, querida prima!” Fedora lo hubiera reconocido en cualquier parte, era tal y como lo había imaginado. Mariana se dio cuenta del impacto que le causo. Mariana dijo, “Pero ten cuidado, querida prima, el juego que pretendes es peligroso.” Fedora dijo, “¿De qué estás hablando? ¡No entiendo!” Aquellas palabras se habían dicho casi en murmullo, pues Don Alfonso llegó en ese momento ante ellas.
    Besando la mano de cada dama, Don Alfonso dijo, “¡Bellísimas damas, es un placer estar nuevamente entre vosotras!” Se dirigió a Mariana y dijo, “¡Querida Mariana, luces encantadora, tal y como te vi la última vez!” Mariana dijo, “¡Gracias Alfonso, tu siempre tan galante!” Entonces se volvió hacia Fedora, y pareció como si entre los dos se hubiera establecido un poderoso magnetismo. Don Alfonso besó su mano, diciendo, “¿Puede alguien hacer el favor de presentarme?” Mariana dijo, “Mi prima Fedora, la Jarlesa de Kimi…el valiente hidalgo, Don Alfonso de Haro.” 

     Don Alfonso dijo, “¡Es un verdadero privilegio poder conocer a tan hermosa dama!¿Me concedería el honor de bailar conmigo?” Sin contestar, Fedora se dejó llevar por la fascinación que ese hombre ejerció sobre ella, desde el primer momento. Ambos parecían embelesados por una magia que solo los envolvía a ellos. El resto del mundo había dejado de existir en esos momentos. Cuando la música dejó de tocar, cesó el encanto. Entonces, Don Alfonso dijo, “Hace un poco de calor aquí, ¿Quiere que salgamos un momento?” En el jardín, el aire era suave y perfumado, e invitaba a la ensoñación. Don Alfonso dijo, “Aquí estaremos mejor.” Entonces, Don Alfonso se acercó a ella y dijo, “Pero, ¿Porqué no me ha dejado escuchar su hermosa voz? Debe ser como el cristalino canto del arroyuelo.” Fedora dijo, “¡Qué cosas tan hermosas dice!” Don Alfonso dijo, “¡Los dichos no podían ser de otra manera, su belleza es perfecta en todos sus matices!” Fedora dijo, “Por favor…me abruma con sus halagos. ¿Le dice lo mismo a todas las mujeres que conoce?” Don Alfonso dijo, “Veo que ha escuchado algunos comentarios, y se ha formado un concepto erróneo de mi. Pero yo me encargaré de quitarle esa mala impresión.”
     A partir de ese momento, don Alfonso de Haro dedicó toda su atención a la hermosa Jarlesa de la Isla de Loppen, aunque nade viera aquella relajación con buenos ojos. Pero Fedora estaba encantada con los diarios paseos al lado del hidalgo, su recia personalidad la tenía fascinada. También Alfonso había encontrado en ella algo especial que había cautivado su corazón, como jamás le había ocurrido con ninguna otra mujer. Fedora estableció comparaciones:
    Su esposo: duro, frío, violento; Don Alfonso: tierno, delicado, apasionado…y sucumbió a sus besos, irresistiblemente. Fedora no pensó en nada, ni en las consecuencias que aquella locura le acarrearía, solo deseaba disfrutar de aquel amor, mientras durára. En una ocasión, Don Alfonso le dijo, “Te adoro, Fedora. Soy el hombre más dichoso cuando estoy a tu lado.” Fedora le dijo, “Yo también te amo, y no quisiera separarme nunca de ti, pero…” Don Alfonso la interrumpió, “¡Calla! No digas nada más, sé que hay un sin fin de obstáculos entre nosotros, pero ya encontraré la forma de derribarlos para que nada nos pueda separar. Esta noche iré a buscarte a tus habitaciones. No puedo esperar por más tiempo. Necesito que seas mía.” Fedora lo abrazó, diciendo, “¡Yo también lo deseo, mi amor!”

     Mientras se abrazaban y se besaban, la llama del deseo los abrasaba y les era imposible ocultar su pasión. Uno de los caballeros que observaba todo, dijo pensando dentro de sí, “Tengo que avisar al Jarl, inmediatamente.” El fiel sirviente de Magno, envió un mensaje escrito que decía, “Señor, ¡Venid!¡Venid a Cristiana!¡Habéis perdido su amor…! ¡Salvad la honra! La Jarlesa Fedora os es infiel. Hay en ésta corte, desde los pocos días después de vuestra marcha, un joven extranjero, embajador y marino, bello como el ángel de las tinieblas, el cual os ha robado el corazón de vuestra esposa. El asesino de vuestra dicha es español. Tiene los ojos negros, como la noche, y negra la cabellera como la alas del cuervo que caen sobre los cadáveres. Es noble y poderoso, y se llama Don Alfonso de Haro.” Cuando la carta llegó a su destino, causó la reacción esperada en Magno de Kimi, quien dijo, “¡Malditos sean! Pero de mí no se burlarán. Les haré pagar muy cara su traición; iré inmediatamente a Cristiana.”
     A pesar de que el viaje significaba una larga travesía por mar, no le importó. El odio que habían sembrado en su corazón, fue germinando poco a poco, alimentado por el recuerdo de las palabras de aquella carta, y la imagen de su rival en aquel retrato. Galopando su caballo, para él no hubo descánso en ningún momento. El cansancio había huído de su cuerpo, y llegó a su destino como un huracán. Mariana fue la primera en verlo, y le sonrió complacida, diciendo, “¡Magno!¿Tú aquí? Esta sí que es una verdadera sorpresa.” Magno la tomó del brazo, diciendo, “¿Dónde está…?¡Dímelo, no la escondas!” 
    Mariana reaccionó, diciendo, “¡Oye!¿Qué te pasa? Si te refieres a Fedora, está en sus habitaciones.” Ni siquiera se detuvo a mirarla, subió las escaleras de dos en dos, como un endemoniado. Mariana pensó, “Que bueno que Don Alfonso de Haro tuvo que partir anoche a una importante misión. Hubiera sido una desgracia si se hubieran encontrado. Esto no me gusta nada. Aquí va a pasar algo muy grave.” El Jarl entró a la habitación de su esposa hecho una fiera. Fedora despertó alarmada, diciendo, “¡Magno!¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste?¿Porqué...?” Al ver el rostro descompuesto de su esposo, el miedo se apoderó de ella. Magno dijo, “¿Porqué te atreves a interrogarme?¿Acaso no tengo derecho de estar aquí?” Fedora dijo, “Sí…sí, mi señor…perdona…” Magno dijo, “Levántate, regresemos inmediatamente a Loppen.”

     Mientras ambos partían rumbo al puerto, Magno no la interrogó, no le hizo preguntas, no la acusó. Solo se la llevó, ante el asombro y la consternación de todos los que sabían lo que había pasado entre ella y don Alfonso. Después de un viajen por mar, Fedora divisó, mientras el barco se acercaba, la Isla de Loppen. Sobre las áridas peñas de la Isla de Loppen, asentábase un castillo que parecía riscosa excresencia de la montaña, de musgosos y viejos muros, tallados casi todos en la roca viva. Aquella guarida de buitre no había sido edificada, sino resultado de la excavación y desbaste. Era un monolito ahuecado, coronado de almenas.
     Ya dentro del castillo, Fedora miraba hacia el mar, por la ventana. Hacía apenas unas cuantas semanas que había llegado a aquel alcázar subterráneo cuando Fedora lo supo, y dijo, “¡Dios mío, estoy embarazada!” Fedora pensó, “¿Y ahora cómo se lo digo? Está tan enojado, que no sé qué pensar…pero si no lo hago, no lo podre ocultar por mucho tiempo. Además…” Sus pensamientos fueron interrumpidos por la presencia de su esposo, quien dijo, “¿Qué te pasa, querida? Te nóto preocupada, ¿Tienes algún problema?” El sarcasmo de su voz, contenía una furia infinita, y ella lo sabía. Fedora dijo, “Esposo mío, quisiera darte una feliz noticia, que alejará las dudas de tu mente.” Magno dijo, “Habla…te escúcho…”
     Fedora dijo, “Magno, vamos a tener un hijo. El heredero que tanto has deseado.” Al escuchar aquello, los músculos de su rostro se contrajeron por la ira. En ese momento hubiera querido fulminarla con la mirada. Pero no. Era preciso esperar, y así lo haría. Fedora dijo, “¿Qué pasa, Magno? ¿No te alegra la noticia?” Magno dijo, “¿Estás segura que ese hijo es mío?” Enseguida se escuchó el fuerte cerrar de la puerta de la habitación. ¡BLAM! Ya no había dudas, Magno de Kimi sabía lo sucedido en Cristianía, y ella había sido una ilusa al creer que podía ocultárselo. No se volvió a mencionar aquel asunto entre ellos, pero Fedora comenzó a inquietarse, y dijo, “Va a empezar el invierno, y todos se van.” Fedora pensó, “Nosotros también debemos prepararnos para partir.” La voz de Magno se escuchó en la otra habitación, “¿Qué estás haciendo, Fedora?¿Qué significa todo esto?” Fedora dijo, “¡El invierno está por comenzar, tenemos que irnos!” Magno dijo, “No, esta vez nos quedaremos y esperaremos a que nazca…tu hijo.”

     Era aquel el primer invierno que pasaban en el castillo de Loppen. Ibanse antes a Cristianía, donde la vida de los nobles era una fiesta continua durante los grandes fríos. Caían las primeras escarchas de 1738, era el 17 de agosto, las noches tenían ya cerca de tres horas, y la aurora boreal lucía en ellas, cerrando el arco esplendoroso de los crepúsculos simultáneos, de la mañana y de la noche. Todo anunciaba la proximidad del invierno, cuyo blanco fantasma apenas asomaba por el polo, envolviendo en su inconmensurable sudario, todas aquellas tristes latitudes. Los nobles se encerraban en sus castillos, los pobres en sus cuevas, los osos blancos entre los témpanos de hielo secular. Algunas aves hacían su nido, en las grietas de los desgajados abetos, en tanto que otras levantaban el vuelo hacia el mediodía, buscando nuevas primaveras. Los balleneros y los groenlandeses, dabanse a la vela con dirección a Europa, temerosos de quedar clavados en una mar helada. Y así habían de permanecer aquellas regiones durante ocho meses, o sea, hasta el 15 de abril, cuando comienza el derretimiento de los hielos.
     En un salón triangular tapizado y alfombrado de ricas pieles de marta y de rangifero, solos, taciturnos, sentados el uno frente al otro, llevaban 15 días de reclusión. Y de ahí no podrían salir ya en ocho meses, a causa de haber caído las primeras nieves sobre las puertas del castillo. Magno dormía. Era pequeño de talla, muy recio y fornido, moreno de cara, o más bien pardo, tirando a rojo, pero con cabellos rubios como el oro, sumamente largos y ojos de un azul tan claro como el cielo. Fedora, frente a él, parecía un niña, blanca como el alabastro, rubia también con los ojos celestes, semejantes a dos turquesas, y hermosa y triste como las siempre moribundas flores de aquellas fugaces primaveras.
     Mucho tiempo hacia que los cónyuges estaban en aquella actitud…él haciendo como que dormía y ella haciendo como que rozaba. Fedora, en cuyo rostro se veían las huellas de un dolor sin consuelo. Clavaba los ojos en las juguetonas llamas del hogar. Mas si por acaso los tornaba un momento hacia la sombría figura de Magno, no era uno sin que leve temblor la agitase. Una vez abrió Magno los ojos repentinamente, sentado en su trono, y sorprendió la tímida mirada que le dirigía su esposa, quien le dijo, “¿Dormías?” Magno dijo, “Yo no duermo nunca…¿Por qué me mirabais de esta manera?” Fedora dijo, “¡Porque os amo mucho!”

     Habían pasado otras 15 noches, Magno de Kimi  pidió su arpa escandinava, y cantó el siguiente romance a su aterrada esposa. ♪“De rodillas en la tumba. ♪En la tumba de mi padre, amor eterno. Tú me juraste…Si al juramento un día faltas, cobarde …te ruego amor mío. ♪¡No pases por la tumba de mi padre!” ♪ Magno dijo, “¿Qué hacéis, Fedora?” Fedora, dijo, “¡Rezo por el alma de vuestro padre!” Magno prosiguió su romance, ♪ “Luz de los cielos. ♪ Flor de los valles ♪ Aquí nacerán mis hijos ♪ aquí murieron mis padres. Sí, por tu desdicha. ♪ Mis hijos no nacen ♪ Si es tu seno la tumba de mis hijos. ♪ ¡No pases por la tumba de mi padre!” ♪ La angustiada Jarlesa, dejó caer el rosario al escuchar el cánto de su marido. Magno dijo, “¿Cómo os sentís señora?” Fedora dijo, “¡Bien Magno!”
    Magno dijo, “¿Tenéis todavía duda acerca de vuestro estado? ¡Vais a ser madre!...¡Oh, ventura!¡Veo cumplidos mis votos de tres años!” Fedora dijo, “Sí.” La voz terrible se convirtió en una risa de satánica furia. Magno dijo, “¡Sí! Pero no olvidéis el otro cantar escandinavo…♪ Cruza los montes un extranjero. Negros tus ojos, negro el cabello…¡Todos sus hijos tendrán de cierto negros los bucles, los ojos negros!” ♪ Al borde de la desesperación, Fedora suplicó, “¡Ah!¡Callad!¡Os lo suplico…ya no mas…” Magno dijo, “¿Conocisteis a vuestros abuelos?” Aquella tortura era más de lo que podía soportar. Fedora dijo, “¡Ah! Señor…¡Matadme de un solo golpe!¡No prolonguéis mi agonía!” Magno dijo, “¿De qué color tenía los ojos?¡Responded!” Fedora dijo, “¡Ya lo sabéis!...los tenia azules…” Magno dijo, “Y a mis abuelos, ¿Los conocisteis?¿No?¡Pues vais a conocerlos!”

     Casi arrastrándola la llevó a la galería próxima. Había en ella una larga hilera de retratos. Los señores de Kimi, parecían vivos dentro de los cuadros que los encerraban. Magno la tomó del brazo, y le dijo, “¡Estos son mis antepasados!¡Vedlos, señora! Todos tienen los ojos azules como vos y como yo, como nuestros padres y abuelos, como todos los escandinavos! ¡Comprenderéis en consecuencia que nuestro hijo ha de tener también los ojos azules!¡Ay de vos si los tiene negros, como el español Don Alfonso de Haro!” Magno dijo eso, y se alejó riendo compulsivamente, mientras que la joven caía de rodillas, sin voz ni aliento, diciendo, “¡Hijo mío…Hijo mío!¿Por qué quieres ser el verdugo de tu madre?”
     Han transcurrido cuatro meses después, Magno de Kimi estaba en su cámara, sentado, fijos los ojos en objetos que parecen querer grabarse en lo más recóndito de su alma. Aquellos objetos eran la carta y el retrato que le enviára su siervo Estanislao. Mucho tiempo permaneció contemplándolos, hasta que al fin miró un reloj que señalaba las once. Magno pensó, “Han pasado 24 horas de noche y empieza otro día de tinieblas…estamos a 22 de diciembre, dentro de 60 días, nacerá el acusador de Fedora. Su mirada de luto, su primera mirada, dará la señal de la muerte de la esposa infiel, que ya no podrá negarse la consumación de la deshonra. Llegará luego el 20 de abril: se deshelará el océano, me dará a la vela en el Thor, buscaré a través de todos los mares de universo al asesino de mi ventura…y morirá.” 
     Dos meses después, el 22 de febrero, la Jarlesa Fedora de Kimi, dio a luz un niño. El pequeño tenía…los ojos negros. Magno, con ser tan feroz, no se atrevió a matar a una mujer moribunda, ni a arrebatarle a su hijo, que estrechaba convulsivamente entre sus brazos. Magno dijo, “Os mataré después…os mataré a los dos en cuanto estéis buena. ¡Es la última prueba de amor que puedo darte!” Fedora dijo, “Magno…perdóname!” Pero él no la escuchó, y entonces ella echó una mirada sobre sí misma, y cerró los ojos con horror, era la estatua del remordimiento, y se maldijo a sí misma.
     Comenzó la primavera en la Isla de Loppen, rompiéndose las cadenas de hielo que tenían amarrado el mar al pie del castillo. Tornaron las aves al cielo, fluyeron los arroyos. Magno de Kimi se presentó ante su esposa, a quien no había vuelto a ver, y le dijo, “No me he atrevido a matarte hasta hoy, porque estas criando a tu hijo. Y no he matado a tu hijo, porque debo esperar para ello a que sea hombre y pueda defenderse. ¡No en vano soy noble!¡En algo se han de diferenciar mis acciones a las tuyas!¡Tú has manchado el nombre que heredaste, y el que yo te dí!...Yo no debo manchar el mío. Me dispongo a partir en busca de tu cómplice, a quien mataré, si Dios no me niega su ayuda. Ni uno solo de nuestros servidores quedará en ésta morada…a todos me los llevo en mi bergantín. Te déjo pues aquí sola con tu hijo. Clavaré las puertas de hierro, y cortaré el puente de modo y forma que nadie podrá entrar en tu auxilio, ni tú podrás salir a demandarlo.”
     Era la brevísima noche del 25 de abril, la aurora boreal abrasaba con su misterioso incendio, la lontananza del horizonte cuando divisó la goleta. Hacía un frío espantoso, en la isla de Loppen reinaba el silencio de las tumbas. En una ensenada estaban anclados el bergantín de Magno de Kimi, y el "Finisterre" de Don Alfonso de Haro. Magno desembarcó dispuesto a encontrar a su rival. Magno dijo a uno de sus soldados, “Tú te quedarás al mando mientras esté ausente.” El soldado dijo, “Pero señor, permítame acompañarlo, podría necesitarme.” Magno dijo, “Lo que tengo que hacer, lo haré solo. No necesito que nadie me ayude. Tú solamente obedece mis órdenes.” Enseguida, Magno pensó, “Buscaré a ese maldito. Debe estar en alguna taberna. No podrá escapar de mi venganza, ni volverá a burlarse de mí.” No fue difícil hallarlo. En aquella taberna, se reunían todos los marinos que llegaban al puerto. Magno pensó, “Lo reconoceré con solo mirarlo.” Entró a la taberna y sus ojos recorrieron el lugar, hasta que se detuvieron en un punto. Magno pensó, “¡Ahí está!¡Ese es…!¡Maldito, ríe, porque pronto vas a suplicarme por tu vida!” La furia corría por sus venas incontenible, y no se detuvo a retarlo como un caballero. Se oyeron unos tarros de metal llenos de licor caer. 
     Don Alfonso de Haro dijo, “¿Qué os pasa, señor?¿Qué buscáis aquí?” Magno dijo con voz fuerte, “¡A vos, maldito Don Alfonso de Haro, porque sois un traidor!” Don Alfonso se levantó de su mesa y dijo, “¡Mida sus palabras, caballero, que una ofensa como esa, no se la perdóno a nadie!” Uno de los hombres españoles se levantó, y dijo, “Debe estar loco, cuando se atreve a retarnos a todos, estando él solo.” Magno dijo, “¡Es a él a quien busco!¡Vengo a lavar con sangre mi honra!” Al instante Don Alfonso supo de quien se trataba, y dijo, “Un momento, caballeros. Este asunto es entre dos. Nadie más deberá intervenir.” Enseguida se dirigió a Magno y dijo, “Usted es Magno de Kimi, el Jarl de la Isla de Loppen…” Magno dijo, “Y esposo de Fedora de Kimi…la Jarlesa. Veo que la recuerda.” Don Alfonso dijo, “¿En dónde está ella?¿Qué le ha hecho?¿Porqué no vino a pasar el invierno en Cristianía?” Magno dijo, “Mi esposa está segura en nuestro castillo. Ahí pasamos todos estos meses, esperando el nacimiento de…su hijo y ahí estará encerrada hasta que yo regrése, después de haberos matado. Después volveré para arreglar cuentas con ella, y con ese hijo bastardo.” Don Alfonso tomó su espada, diciendo, “¡Eso será si yo lo permito!” Magno dijo, “Vamos, pues, a pasar de una vez por todas con este odio  que me está consumiendo . No descansaré hasta veros muerto.” Don Alfonso dijo, “Eso lo veremos.”
     Todos querían saber qué iba a suceder. Entonces Don Alfonso dijo, “Un momento, señores. El jarl y yo no queremos testigos. Uno de los dos regresará aquí, y esto habrá terminado.” Ambos se retiraron, y nadie hizo el intento de seguirlos. Sabían lo que aquello significaba para los dos hombres, y solo se especuló con el resultado de la contienda. En lo más bravo y erizado de aquella costa, levantábase un dolmen colosal, resto de los altares malditos, en los que los escandinavos daban a Odín, sangriento culto. La luna, magnifica y resplandeciente en las regiones polares, donde el sol es tan pálido y melancólico, asomó por el sudeste su blanca faz, iluminando el ara abandonada. A su fulgor, vióse a los hombres, sentado uno sobre el tronco de un pino rojo por los hielos, y apoyando el otro en el antiguo dolmen. Parecían dos blancos fantasmas, dos sombras de las victimas inmoladas antiguamente sobre aquellas peñas. Los dos empuñaban corvo sable marino. Sus anhelantes respiraciones demostraban la violencia con que habían luchado, pero ambos estaban ilesos…no porque sus fuerzas o su habilidad hubieran resultado iguales, sino porque Don Alfonso, mas diestro y ágil que el conde, lo había desarmado ya tres veces, renunciando las tres a su derecho de matarlo.
     El combate había sido furioso, tenaz, violentísimo. Magno dijo, “¡Mátame!¡Acaba conmigo de una vez, no quiero deberte nada!” Don Alfonso dijo, “Yo no quiero que mueras, sino regalarte cien veces la vida, para que me respondas en cambio de la de Fedora, puesto que me has dicho que morirá si tu mueres…” Magno dijo, “Luchemos otra vez, porque uno de los dos tiene que morir, y si no lógro matarte, ¡Yo me mataré!...me sería insostenible una vida regalada por ti.” Don Alfonso arrojó su espada al suelo, y dijo, “Me dejaré matar por tu flaca mano, o me mataré yo ahora mismo…si me juras no matar a Fedora.”
     Magno dijo, “Te júro lo contrario…¡Te júro que ella sucumbirá de todos modos! Si yo muero, nadie podrá socorrerla donde la he dejado, y perecerá de hambre. Si tu mueres, iré a matarla. Como ya te he dicho. Mátame pues…¡Quítame la vida como me has quitado la honra y la ventura!” Don Alfonso dijo, “Yo no puedo matarte…pero ni tú matarás a Fedora…Ni Fedora morirá, donde la tienes encarcelada. Córro a mi barco, y con él apresaré al tuyo. Tus marineros me conducirán a precio de oro, o por no morir a manos de los míos, a la prisión de Fedora. La libertaré y será mía para siempre.”
     Magno dijo, “¡Acépto el duelo de tus españoles contra mis escandinavos, de mi raza contra la tuya, de mi bergantín contra tu goleta! Si el infierno te dió una destreza diabólica en el manejo de las armas, si mi corazón y mi brazo han sido impotentes contra tu satánica astucia…¡No ocurrirá los mismo en el nuevo combate a que me provocas!¡Al mar, Alfonso de Haro!¡Al mar!” Don Alfonso gritó, “¡Al mar!”

     Al anochecer del día siguiente, reinaba en el mar la más formidable tormenta, pero ni aún así impidió que se llevára a cabo el feroz combate entre aquellos acérrimos enemigos. El “Thor,” comandado por Magno de Kimi, y el “Finisterre,” comandado por Don Alfonso de Haro, estaban acribillados de balas de cañón y de fusil, tan cerca el uno de otro que sus bridas se tocaban a veces ante impulsos del huracanado viento. Magno de Kimi gritó, “¡Al Abordaje!” 
     Don Alfonso de Haro gritó, “¡Al Abordaje!” El odio de los jefes de las embarcaciones lo habían transmitido a las tripulaciones que estaban ansiosas de luchar hasta hacerse pedazos. Pero la tempestad, que por momentos era más terrible, impedía el transbordo de los combatientes. Hasta que, por último, la propia fuerza del vendaval, unió a las dos embarcaciones. Se escucharon las armas y comenzó la locura cuerpo a cuerpo. Hería y se mataba con saña, sin piedad para el vencido. Una espantosa sed de sangre, se había apoderado de todos. Por su parte, Magno iba dejando cadáveres a diestra y siniestra, en busca del rostro conocido, y Don Alfonso, luchaba por su vida, pues la de su amada estaba de por medio.
     Heridos, Magno y Alfonso, se encontraron sobre la cubierta del “Finisterre” cada cual con una hacha en la mano. El enfrentamiento estaba a punto de ocurrir, cuando uno de los marinos de Magno, estando a punto de ultimar a Don Alfonso, fue sacrificado por su jefe. De momento, Don Alfonso no comprendió lo que había ocurrido, y dijo, “¿Porqué lo hiciste?¿No queréis verme muerto?” Magno dijo, “No permitiré que nadie me quite ese placer. ¡Defiéndete!” Ambos se disponían a pelear en aquel otro género de lid, cuyo éxito podía ser favorable a Magno de Kimi, cuando se oyó un grito horrible, pavoroso, fúnebre…El grito de espanto salió de cien bocas, y llegó a estremecer a los dos héroes: “¡EL MALESTROOM!¡EL MALESTROOM!” Todos repitieron éste siniestro nombre, y todos arrojaron las armas.
      Ya no había rivales ni enemigos…¡Ya no había más que sentenciados a una misma muerte, segura, infalible, próxima. Una muerte que los hería a todos de un solo tajo, que no dejaría rastro de ellos ni de sus naves, y del que únicamente los bardos tendrían noticias en el mundo. 
     En el buque de Magno de Kimi, un joven grumete preguntó a un viejo marino, “¿Qué es el Malestroom?” El hombre dijo, “El Malestroom…es un remolino del mar, un sumidero de la tierra, un abismo sin fondo, una sepultura abierta por Dios a todos los navegantes en ésta parte del océano. El Malestoorm es para un buque, lo que la culebra boa para un pájaro. ¡Lo mira, lo atrae, lo devora!¡Es un monstruo que nos enseña ya los dientes!¡Es un monstruo que nos abre sus fauces, y que dentro de pocos minutos, nos habrá tragado!¿No lo oyes rugir? Inútiles son las velas, inútil el timón, inútil el remo…¡Todo es inútil!¡Ponte de rodillas como yo y reza!¡Porque el Malestoorm es la muerte!”
     El joven grumete, como muchos otros, no pudo soportar aquello, y se arrojó al mar. Otros, los menos animosos, pedían a sus amigos que les quitasen la vida. De todas las muertes, ninguna horrorizaba tanto como el ser tragado vivo por el Malestroom. Los marinos de aquellas latitudes lo sabían. Por eso el caos, la confusión. Magno y Alfonso se miraban en silencio. Pensaban en Fedora. El remolino rugía cada vez con más fuerza…la tempestad había callado. La atracción del sumidero se sobreponía al ímpetu del huracán…el viento allí parecía esclavo del agua. 
     La mar, negra, tersa, muda, semejante a dura lamina de plomo, formaba una especie de plano inclinado sobre la cual, se deslizaban los dos buques. Ambas embarcaciones giraron con espantosa velocidad, pegadas la una con la otra, por la propia fuerza de la corriente. Poco a poco, el malestroom las iba desgajando. Aún distaba una legua de oculto abismo, pero no tardarían cuatro minutos en llegar a él. Los dos nobles, animados de súbito por idéntico pensamiento, arrojaron las hachas lejos de sí, y se dieron la mano con solemne religiosidad, y avanzando unidos por la proa del “Finisterre,” aguardaron allí la tremenda catástrofe. Magno dijo, “Quiso el destino que todo fuera de éste modo, y así lo acepto.”
     Pronto crujieron ambos buques, desapareciéndose el uno contra el otro, comprimidos por la atracción. Don Alfonso de Haro pensó, “Fedora, mi amor, si ambos vamos a morir, pronto nos encontraremos.” Abrazáronse entonces, ferozmente Alfonso y Magno, como para asegurarse cada uno, de que su rival no podría sobrevivirle ni volver a ver a Fedora.
    Un minuto después, los dos enemigos, sesenta hombres más, los destrozados restos del “Thor” y del “Finisterre,” una suprema explosión de oraciones, gemidos, y blasfemias; todo, todo se hundió para siempre en aquella espantable sima. De pronto, el silencio. Poco a poco el mar fue recobrando su forma habitual, como un gigante satisfecho de saciar su hambre. Después…nada. No quedó un solo rastro de aquella tragedia, y el lugar donde ocurrió el suceso, apenas estaba señalado por una corona de leve espuma.

     Allá en la isla de Loppen, la jarlesa continuaba encerrada en el castillo, ajena a lo que había ocurrido, y preocupada por su propia supervivencia. Los seis meses de plazo habían transcurrido, y los alimentos se habían terminado. El niño lloraba. La jarlesa decía, “¡Ya mi niño, no llores!¡Pronto vendrá a sacarnos de aquí!” Cuando la jarlesa lo acostó en su cuna, pensó, “¡Dios mío!¿Qué le habrá pasado a Magno?¿Encontraría a Don Alfonso…lo mataría?¿Qué ocurrió, Señor?¿Porqué no regresa? Tengo que encontrar algo de comer. No puedo dejarme  morir junto con mi hijo. ¡Lo salvaré, aunque tenga que dar mi sangre para alimentarlo!” Sin encontrar siquiera un mendrugo de pan, Fedora volvió al lado de su pequeño de los ojos negros, para tratar de tranquilizarlo. 
     Mientras lo amamantába, Fedora decía llorando, “Ya tampoco él puede comer. Estoy seca. No queda una sola gota de vida en mi para mi hijo. ¿Cómo calmar su hambre?¡Oh, Dios, ayúdame!” Desesperada, en la mente de Fedora, se agolpaban las ideas más descabelladas. Ella no estaba dispuesta a morir, ni a dejar que pereciera el fruto de su amor. Pero, ¿Cómo iba a lograrlo? La jarlesa tomó al niño en brazos, y se acercó a la ventana de la fortaleza, que daba hacia el mar. Finalmente la jarlesa dijo, “¡Oh, no…no es posible!¿Acaso mis ruegos han sido escuchados?¡Señor, mis plegarias llegaron a ti!¡Estamos salvados!¡Estamos salvados!”
Tomado de Novelas Inmortales. Año XI. No. 524. Diciembre 2 de 1987. Guión: Silvia Hernández. Adaptación: Remy Bastien. Segunda adaptación: José Escobar.